La educación para el consumo es educación política

La educación para el consumo es educación política

  • Posted: Jun 07, 2016 -
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¿Qué tiene que ver el precio del petróleo Brent con el precio del pan o del arroz?, se preguntaba el director de VSF Justicia Alimentaria Global en un reciente artículo: “Uno de los principales consumidores de cereal son nuestros coches, en forma de biodiesel”, así que, cuando baja el precio del petróleo, baja también el de los cereales. Un gráfico ejemplo de dos rasgos definitorios de cómo funciona el sistema: cualquier cosa, material o no, puede ser mercancía y todo está relacionado.

En septiembre de 2015, Naciones Unidas acordó 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que –al menos sobre el papel- los países se comprometieron a alcanzar en 15 años. El objetivo 12 consiste en garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles. Una meta loable y tan urgente que 2030 parece demasiado lejano. Actualmente, la glotonería humana necesita cerca de un 50% más de lo que la Tierra puede regenerar, según el informe Planeta Vivo, de la organización ecologista WWF. Si no cambiamos el ritmo de degradación y de demanda de recursos, en 2030 necesitaremos dos planetas como el nuestro, que es una curiosa manera de cumplir el citado ODS. A este paso, el medio ambiente se nos queda en un cuarto.

Si toda la población mundial tuviera un acceso equitativo a los bienes, el panorama ambiental sería aún peor: si el estilo de vida del Norte socioeconómico se generalizara, necesitaríamos en torno a cuatro Tierras. Tal estado de cosas es, por lo menos, escandaloso. En flagrante contradicción con los objetivos, resulta bastante insostenible, tanto desde el punto de vista ambiental como ético.

Para lograr el objetivo 12, dice la ONU, “es necesario adoptar un enfoque sistémico”, pero el problema es precisamente un sistema –la sociedad de consumo; es decir, el capitalismo- cuyo horizonte de felicidad es, tomando el título de un interesante documental, “Comprar, tirar, comprar”, desligando las cosas de su función primaria (ropa para vestirse, coches para trasladarse, etc.) y endosándoles, a cambio, funciones que tienen que ver con la autoestima. ¿No habría que empezar por cambiar ese horizonte?

Aquí juega un importante papel la educación, y no sólo la que se imparte en las aulas, no sólo la que tiene como sujetos a los y las jóvenes. La ciudadanía entera somos sujeto de educación, porque se trata de poner en cuestión la percepción de lo que es normal. ¿Puede considerarse normal tirar comida mientras millones de personas sufren desnutrición, destruir ecosistemas para lucro privado, pagar todos lo que ensucian algunos, comprar barato a costa de los derechos de las poblaciones más vulnerables, etc.? ¿De verdad resulta apetecible una felicidad que se parece muchísimo a la del hombre de negocios de El Principito de Saint Exupéry, que agota la vida en contabilizar no sabe qué, sin utilidad ni objetivo?

La propia ONU reconoce la importancia de “involucrar a los consumidores mediante la sensibilización y la educación sobre el consumo y los modos de vida sostenibles, facilitándoles información adecuada”. Informar de una manera adecuada es poner sobre la mesa los vínculos ocultos (¿ocultados?) entre injusticia, empobrecimiento y deterioro ambiental, no sea que lo que hace la mano izquierda lo vaya destruyendo la derecha, eso sí, con la mejor de las intenciones. Cuando sepamos, por ejemplo, que tras el precio del pan y del arroz se esconde el del petróleo estaremos en condiciones de decidir. Y la capacidad de decidir es lo que hace libre a una ciudadanía. Por eso la educación para el consumo es educación política.

Araceli Caballero es periodista española, interesada en los vínculos entre empobrecimiento, deterioro ambiental y hábitos de consumo. Colabora con Cristianismo y Justicia, Centro de Estudios dedicado a la reflexión social y teológica, creado en 1981 por los jesuitas de Cataluña. Autora de Protozoos insumisos. Ciudadanía y consumo responsable.